Me sentía muy mal, estaba sola y no sabía qué era lo que me estaba sucediendo. Pensé en llamar a urgencias, pero creí que quizás la cena me había sentado mal y no era para tanto (aunque yo sentía que me moría). Me eché una manta por encima, abrí el balcón para que me diera el aire frío de la noche y me tumbé de medio lado en la cama esperando a que esa sensación tan desagradable se me pasara. Intenté tranquilizarme lo antes posible y poco a poco con el aire y una respiración pausada me quedé dormida de nuevo al cabo de un rato tirtando como un perrito chico.
A la mañana siguiente le comenté a mi madre lo que me había pasado la noche anterior. Ambas lo achacamos a que un relajante muscular que me había tomado por una contractura me había sentado mal...
