Aunque ya había sentido estados ansiosos con anterioridad ese noche ocurrió mi primer ataque de ansiedad. Me encontraba en un momento bastante complicado de mi vida, los problemas tanto familiares como laborales tenían a mi mente todo el día en alerta. No era del todo consciente del desgaste de energía constante que sufría mi psiquis continuamente.
Una noche mientras dormia me sentí sobresaltada, mi cuerpo padecía todo los síntomas de haber sufrido un susto de muerte: taquicardia, escalofríos, respiración acelerada. No sabía que me ocurría. Me levanté, estaba lloviendo, había una gran tormenta.

Me sentía muy mal, estaba sola y no sabía qué era lo que me estaba sucediendo. Pensé en llamar a urgencias, pero creí que quizás la cena me había sentado mal y no era para tanto (aunque yo sentía que me moría). Me eché una manta por encima, abrí el balcón para que me diera el aire frío de la noche y me tumbé de medio lado en la cama esperando a que esa sensación tan desagradable se me pasara. Intenté tranquilizarme lo antes posible y poco a poco con el aire y una respiración pausada me quedé dormida de nuevo al cabo de un rato tirtando como un perrito chico.

A la mañana siguiente le comenté a mi madre lo que me había pasado la noche anterior. Ambas lo achacamos a que un relajante muscular que me había tomado por una contractura me había sentado mal...